Posteado por: nefmex | 1 abril, 2010

Juárez: mitos y verdades

* Antes que indio, mexicano
* El hombre trás la máscara de bronce
* Don Benito contra los indígenas

por Neftalí Hernández Zetina
publicado originalmente en La Verdad, Revista Política; 21-03-2010

La imagen de Benito Juárez ha sido objeto de mucha controversia en la historia del país, pasando del héroe supremo de la República al tiránico presidente para la Iglesia y el ala ultramontana de los conservadores mexicanos. El uso de su imagen se encuentra ya en la idolatría poco intelectual de los movimientos de izquierda en México, al grado de colocarse como “santo patrono” de sus ideales sin saber siquiera cual es la verdadera imagen del primer presidente indígena de México.

Benito Juárez destaca en el panteón nacional mexicano por un particular carente de la imagen de bronce creada por la historia: fue el indio que quiso y logró, dejar de ser indio. Juárez consideraba que la educación era la única manera de lograr el bienestar social, económico y personal para los mexicanos.

Benito Juárez

El genio de la infancia

La leyenda liberal nos cuenta que el niño Juárez se dedicaba a cuidar ovejas y que al perderse una de ellas, huyó temeroso de las consecuencias hacia Oaxaca donde comenzaría a crearse el mito del “indio que se educa”. La realidad carece de estos mitos poco halagadores para Benito Juárez.

A los 7 años, según cuenta el mismo presidente en las memorias dejadas a sus hijos, Juárez entendió y reflexionó sobre la necesidad de estudiar para poder darle un giro al destino que tenía encima: la de un indio iletrado cuyo gran logro sería terminar en casa de un potentado como un empleado o sirviente. Esta determinación de cambiar su futuro hizo que a los doce años de edad decidiera fugarse de Guelatao, su pueblo natal: ni ovejas ni castigo, sólo el irreprimible deseo de aprender, estudiar y ser algo más en la vida que un simple indio iletrado.

En Oaxaca, Juárez no recibió una educación de primera desde el principio; él se dio cuenta de la discriminación de clases en la escuela, razón por la cual decidió separarse de ella y seguir por su cuenta y de esa forma, terminó bajo el patrocinio de Antonio Salanueva, con los derroteros ya conocidos por muchos.

Mexicano, no indio

La lucha entre conservadores y liberales suponía un grave riesgo para la unidad del país y para los del segundo bando las cosas no estaban yendo de la mejor manera. En 1859 y 1860 los conservadores controlaban gran parte de la riqueza del país que se encontraba en manos de la Iglesia y que era usada en contra el legítimo gobierno liberal, razón la cual Juárez justificó la puesta en marcha de las leyes en la imperiosa necesidad de cortar las ayudas militares a los conservadores; ¡Vamos! Un movimiento legal en contra de una traición a la patria y al gobierno.

Más allá del concepto militar de la justificación, Juárez veía la necesidad de avanzar en la creación de un país que se pudiera mantener con recursos propios, mismos que en México, estaban en manos de los latifundios de la iglesia y los bienes comunales de los indios, acostumbrados ambos a los fueros y prebendas desde los tiempos del virreinato. Juárez, al promulgar la amortización de los bienes no sólo afectó a la poderosa Iglesia -como celebra la actual izquierda mexicana-, sino también a las comunidades indígenas que tenían tierras sin trabajar “por herencia inmemorial”.

En el ideario de Benito Juárez, los indígenas no existen: sólo los mexicanos. En ninguna parte de las leyes de Reforma se hace mención a “derechos de los pueblos indígenas” ya que para que el país progresará, se hace necesario terminar con el atraso proverbial en que vivían los naturales. Así como la Reforma puso fin a fueros militares y eclesiásticos, también coloco a los indígenas como “simples ciudadanos” mexicanos; tal era el verdadero concepto de igualdad que Benito Juárez promovía como la solución al atraso mexicano.

APÉNDICE
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EL FRACASO LIBERAL
El 12 de julio de 1859, se promulgó la Ley de nacionalización de bienes eclesiásticos y de separación de la Iglesia y el Estado, que indicaba que todos los territorios e inmuebles en manos de la curia en México y aquellos que no tenían uso alguno, debían pasar al poder civil para que este pudiera hacer uso de ellos o venderlos para beneficio de la nación.
Sin embargo la realidad se encargó de hacer fracasar el proyecto ya que, ante la urgencia por obtener recursos con los cuales combatir a los conservadores y el propio devenir del gobierno, este vendió los inmuebles a quienes podían comprarlos: las personas con poder económico y no precisamente campesinos.
Así, las grandes extensiones de tierras sin cultivar pasaron a manos de personas que tampoco hicieron uso de ellas. En el caso de la expropiación a los indígenas, estos quedaron aún más sumidos en la pobreza, tanto por su tradicional aislamiento social como al hecho de perder la riqueza de la tierra que poseían.
Cuando en 1910 Emiliano Zapata lanzó su famosa frase “Tierra y libertad”, el revolucionario pugnaba por dotar de tierras a quienes pudieran trabajarlas a fin de crear justicia y acabar con los latifundios. Falsamente se ha hecho creer que esto se originó en el Porfiriato, cuando la realidad fue que gracias las reformas impulsadas por Juárez, los campesinos quedaron en manos de latifundistas.

Posteado por: nefmex | 18 marzo, 2010

Lazos Reales con América

* Hacia la conjuración de 1808
* El Rey, único vínculo de España con el Nuevo Mundo
* Desprestigio de la monarquía, aliciente para la independencia
* Autodeterminación por ley, pero no por los peninsulares

por Neftalí Hernández Zetina
publicado originalmente en La Verdad, Revista Política; 01-03-2010

Las revoluciones independentistas en América Latina se distinguen de su par en las Trece Colonias inglesas por un detalle particular: en esencia fueron guerras civiles, particularmente la mexicana, donde las familias se dividían y enfrentaban buscando el mismo objetivo pero en diferente bando.

El germen de la independencia en la Nueva España se encontraba ya en la mente de los criollos ilustrados de la época, la educación jesuita y la necesidad de identificarse como una parte conformante pero singular de la monarquía había creado suficientes ideales para pensar en una rompimiento mayor pero no radical dentro del mismo imperio. ¿Por qué este singular “pero” dentro del consabido movimiento independiente? La razón es la pertenencia, el sentimiento “nacional” hispánico que al menos en México se considero esencial por todos los actores que participaron en la insurgencia.

Embarco de Fernando VII

Los novohispanos se consideraban así mismos como partes integrantes de una nación mayor a la española e incluso a la mexicana que los jesuitas les inculcaron. En el ideario social y político de la época, la Monarquía Hispánica no era una nación por sí misma, sino un conjunto de naciones donde el único lazo tangible y verdadero era el Rey: la soberanía representada en la figura de la Corona daba cohesión y certidumbre de que la tradicional soberanía de los fueros, reinos y comunidades sería respetada por sobre cualquier ley supranacional que se intentara por parte de ministros o miembros de los consejos.

Ante esto, la figura del monarca era el más sagrado vínculo de unidad con la legalidad y con el concepto de la nacionalidad imperial: todos eran españoles -en Europa y América- por la gracia de tener al mismo Rey… en teoría, ya que las castas e intereses económicos y sociales entre criollos y peninsulares ponían en entredicho lo que por ley se establecía en la monarquía.

La ruptura y oportunidad

Cuando las fuerzas napoleónicas invadieron la Península Ibérica en 1807 con la venia del gobierno español encabezado por Manuel Godoy, ministro y favorito de Carlos IV, la situación política en España y el imperio se encontraba ya muy dañada al grado afectar a la imagen del Rey y por ende, la cohesión de la Monarquía.

El despótico y erróneo gobierno encabezado por Godoy -caracterizado por sus excesos y favoritismos-, había demostrado ser ineficaz para llevar las riendas del país en los caóticos años posteriores a la Revolución Francesa; el mismo rey no ejercía sus funciones y delegaba todo en manos de Godoy. La población imperial en ambos continentes manifestaba su repudio hacia el gobierno de la monarquía y en América, los ministros y virreyes llegados de Europa demostraban su poca valía y corrupción en la gobernación, alimentando el descontento e ideas de autonomía entre los naturales por el trato que daban a los criollos y la avaricia y rapiña con que ejercían sus cargos, la mayor de las veces comprados al poderoso ministro Godoy.

Así, la crisis económica, política, social y militar encontró su escape perfecto cuando se dieron las abdicaciones del rey Carlos IV y su hijo Fernando VII en Bayona, forzados por Napoleón Bonaparte quien impuso a su hermano José en el trono de España: la legitimidad dinástica de la Monarquía Hispánica se cortaba rota de tajo; la familia real renunció a sus derechos para entregarlos a un gobierno extranjero. Este simple hecho ponía en jaque a todo el sistema de gobierno en ambos lados del Atlántico: ¿el Rey estaba faltando a su mandato divino al entregar territorios a extranjeros? La conmoción fue grande, pero más grande fue lo que se produjo después.

En América los criollos buscaban una salida a sus ideales de autodeterminación e independencia política dentro de la monarquía, situación que desde el gobierno de Carlos III estaba amenazada por el centralismo de Madrid. Cuando las noticias de la crisis dinástica lega a Nueva España en 1808, los ilustrados mexicanos rápidamente pusieron en la mesa el tema de la presentación popular: si el rey no está, el pueblo -ellos- recuperan la soberanía del territorio y en nombre del monarca cautivo puede ejercer gobierno en el reino ultramarino.

La Nueva España

Fray Servando Teresa de Mier declaraba desde la misma Madrid antes de los acontecimientos de Bayona, que la única razón “legal” por la que España mantenía los lazos firmes de gobierno sobre los americanos era la figura del Rey, ya que por su forma, gobernancia, actividad y estatus jurídico, eran de de facto un reino independiente dentro de la Monarquía Hispánica, por lo qué a la falta del monarca el lazo “constitucional” que unía a la Nueva España con Europa quedaba cortado y la soberanía que emana del pueblo, regresaba al mismo para determina su futuro como nación.

Esta ideología era la base de los movimientos independentistas que comenzarían a surgir en Nueva España desde 1808. Los americanos no esgrimirán ideales contrarios a la filosofía hispánica e incluso católica, ya que estaban en su derecho de levantarse contra un monarca extranjero y hereje -los Bonaparte- en favor de la tradición que significaba el rey don Fernando: toda la lucha por el autogobierno tuvo en principios a la figura del Rey como factor de control de las masas.

Ilustrados o iletrados, todos los novohispanos tenían la costumbre de la obediencia -como el mismo Bolivar la llamó- a la tradición que se representaba en el monarca. En las primeras etapas de la ideología independentista, los próceres y agitadores ponían en claro que su lucha era contra las desigualdades que propiciaban los españoles en América pero nunca en contra de los derechos del Rey de España, a quien se consideraba el legítimo depositario de la soberanía popular.

Fernando VII, rey de España

Su ausencia en el trono por los extraordinarios acontecimientos en la Península Ibérica no signficaban la rotura total -desde un primer punto de vista- de los lazos culturales con Europa. La falta de un rey ponía en manos de los ciudadanos el gobierno al tiempo que establecía sus juntas, congresos y ayuntamientos bajo su manto legal para poder mantener el orden, ya que por sí mismos, no significarían nada para una sociedad acostumbrada al “ciego” seguimiento de las tradiciones.

De esta forma, la teoría les favorecía pero no así la realidad de su tiempo. Los peninsulares sabían que el método esgrimido por los criollos era real ya que en España se crearon diversas juntas y asambleas gubernativas en ausencia del monarca, sin embargo los españoles no deseaban que tales mesas se crearan en América ya que estas serían la llave para una mayor autonomía de las ahora colonias que, pasada la crisis, no estarían dispuestas a regresar al vasallaje.

APÉNDICE
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CATECISMO POLÍTICO IMPERIAL

¿Qué es la nación española?
La reunión de todos los españoles en ambos hemisferios?

¿Qué es el rey?
La pernsona en cuyo nombre se ejecuta todo en el gobierno monárquico?

¿De quién recibe su autoridad?
De la misma nación a quien gobierna?

¿No es el rey soberano?
El rey es un ciudadano como los demás que recibe su autoridad de la nación

Posteado por: nefmex | 1 marzo, 2010

Amor de Insurgentes

*Leona y Andrés, pareja del Bicentenario
* Prueba de amor: ser insurgente
* Una vida a salto de mata

Por Neftalí Hernández Zetina

Durante la guerra de independencia muchas familias se divieron entre los bandos contendientes, las pasiones que creaba la idea de la libertad crearon graves distendios en la sociedad novohispana, sin embargo existen también ejemplos de unidad, de verdadero amor a pesar de las adversidades de un país en guerra civil, y en tal marco se encuentra la relación que formaron don Andrés Quintana roo y doña Leona Vicario.

Quintana Roo, ilustre abogado y poeta yucateco, trabajaba en 1808 como pasante en el despacho de don Andrés Pomposo Fernández de San Salvador, donde conoció a la sobrina de este, la señorita doña María de la soledad Leona Camila Vicario Fernández de San Salvador y Montiel, de la cual quedó prendido desde el primer momento y a quien decidió cortejarla, según los cánones de la época.

Andrés Quintana Roo

Leona Vicario se encontraba ya comprometida con el guanajuatense Octaviano Obregón, mismo que tuvo que huir de Nueva España cuando el padre de este se vio perseguido por la revuelta de los españoles en contra del virrey don José de Iturrigaray, dejando así a Leona con el corazón destrozado y -dicen algunos- de este acontecimiento germinó en ella un claro desagrado contra los peninsulares.

Cuando don Andrés puso sus intenciones en conocimiento del tío de Leona, este lo rechazó por la “poca monta” que tenía el joven poeta en comparación con el rico minero de Guanajuato, por lo que Quintana Roo, ante el desahire de tutor, tomó la determinación de unirse al movimiento de independencia, no sin contar con la aprobación sentimental e intelectual de Leona, quien desde la capital del país mantenía correspondecia con su amado bajo el pseudónimo de “Rayo”.

Curioso asunto es el relativo a las cartas entre Leona y Andrés: ninguna de ellas trata del amor que se profesaban, las misivas se cernían a estrictos temas relativos a la lucha por le amancipación del país, llegando al grado que la propia Leona demandaba a su novio compromiso con la patria antes de darle el “sí” a sus intenciones de matrimonio.

A causa de su claras y públicas expresiones en pro de la insurgencia, las autoridades virreinales planearon la captura de Leona en las calles de la capital, de la cual se salvo gracias a un “solplo” de sus amigos, sin embargo su tío descubrió sus intenciones de escapar hacia un grupo insurgente, capturola y la puso “en prisión” en la conocida casa de recogimiento de “San Miguel de Belén”, conocido claustro de para mujeres en estado inconveniente o como en caso de Leona, con problemas de disciplina.

Leona Vicario

Al llegar a oidos de la insurgencia la prisión de Leona, Antonio Vázquez Aldarna y Luis Alconedo junto a otros cuatro hombres se apostaron la noche del 23 de abril de 1813 a las puertas del convento y en una audaz operación de tan sólo dos minutos, rescataron a la heroína de la independencia. De ahí, pasaron unos días antes de que Leona Vicario pudiera salir de la ciudad de México -disfrazada como una mulata- y reunirse con Quintana Roo en la sierra de Oaxaca.

De acá, pocos momentos de paz tuvieron Andrés y Leona: huyendo constantesmente de las fuerzas realistas, a salto de mata cada noche ante la persecusión hacia el Congreso de Chilpancingo, de cual Quintana Roo era presidente. El 3 de enero de 1817 Leona dio a luz a su primera hija, Genoveva, en una cueva y asistida por su marido, inexperto en labores de parto. Ante la responsabilidad paterna, Leona y Andrés hicieron residencia en el poblado de Tlatlaya, donde en una choza precaría intentaron forma un hogar donde reposar y poner a su hija a salvo.

Sin embargo, las tropas realistas dieron con la pareja. Al principio, Andrés se separó de Leona para mantener viva la insurgencia, dejando para esto una solicitud de indulto firmada por él y su ahora esposa. A los tres días, se entera de la prisión y malos tratos a su compañera, por lo que Quintana Roo vuelve los pasos, se entrega y retracta de su pasado insurgente, incluso ofreciendo sus servicios al virrey, todo en cambio de que a su esposa se la dejara en libertad sin daño o prejuicio.

Otros insurgenges habían también adjurado de sus ideas independentistas; Hidalgo y Allende al ser capturados y vencidos, adjuraron e incluso el segundo culpó al primero de ser el instigador de todo el momvimiento. Pero en el caso de Andrés y Leona, los motivos que argumenta la historia sobre su renuncia al movimiento insurgente están alejados de la malicia o el sentimiento de derrota: el amor de Andrés por su esposa e hija pudo más que los ideales.

Tras ser apresados, el gobierno virreinal ordenó su exilio a España, pero ante la falta de dinero para el viaje, radicaron en Toluca donde vivieron tranquilamente aunque con graves carencias económicas merced de que el indulto ofrecido por el virrey no incluía la devolución de los cuantiosos bienes de Leona, mismos que le fueron confiscados tras su huída de San Miguel.

Cuando la independencia se consumóo en 1821, el Congreso Constituyente fue generoso con la pareja: a don Andrés se le ofrecieron varios puestos dentro del gobierno y a Leona una pensión de 112 mil pesos mismos que ante las precarías finanzas del Imperio, se le entregaron en tierras de la hacienda de Ocotepec.

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LAS FAZAÑAS DE HIDALGO
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El tío de Leona Vicario escribó un libelo en contra de Miguel Hidalgo, llamado “Las fazañas de Hidalgo, Quixote de nuevo cuño, facedor de entuertos”, donde narraba como Pancha la Jorobadita delata a su esposo Chepe Michiluiyas por ser insurgente, al ser este apresado, Pancha declara que antes se dejaría freír en aceite hirviendo que faltar a la fidelidad debida al rey don Fernando VII. Sabedor de las intenciones de su sobrina, el abogado concluye su relato con una frase lapidaria “¡Cuán dignas se harían del aprecio del mundo entero las mujeres de los insurgentes que imitaran a Pancha”.

Posteado por: nefmex | 22 febrero, 2010

La bandera: símbolo de la unidad nacional

* Ideales de la bandera de México
* Orígenes indígenas en la filosofía criolla
* Entre la virgen y el águila
* Algo más que una leyenda azteca

Bandera de México

Por Neftalí Hernández Zetina

La bandera nacional mexicana tiene una rica y variada historia dependiendo de los movimientos políticos que se encontraban en boga en las primeras décadas de vida independiente. Partiendo de un origen común pero también diverso, el lábaro nacional se ha transformado del pendón usado por Miguel Hidalgo a nuestra bandera actual, que dentro de sus “carencias” de simbología, es la representación por excelencia de la unidad nacional.

Nacida de la necesidad iconográfica por presentar un símbolo que aglutinara a las masas de la insurgencia, la bandera tiene orígenes mucho más profundos que la lucha de independencia. Desde el mismo virreinato existía el requerimiento de la clase criolla ilustrada por representarse de forma diferente al resto de la Monarquía Hispánica ya que los peninsulares no los trataban como iguales a pesar de ser el motor económico de Nueva España.

Poco antes de la expulsión de los jesuitas, ya se registraba un naciente proceso de identificación “nacional” entre los criollos, productos del desdén -y cabe mencionar- desprecio de los europeos por los americanos en general, a quienes intelectuales de la época como Theodore de Bry o Buffon representaban como atrasados, salvajes e impotentes sexualmente, por no decir también carentes de lógica y negados las ciencias de la razón.

Este vituperio hacia los americanos crea entre la intelectualidad de los naturales del Nuevo Mundo la necesidad de respuesta, identidad y rescate de los valores propios de América que aunque impregnados de la ideología europea clásica y renacentista, encuentra en el pasado indígena del continente la veta perfecta para poner una diferencia clara hacia sus pares europeos dentro de la Monarquía.

La imagen de Guadalupe

Tomando en cuenta la necesidad de una ideología e identidad propia de los americanos, no es extraño que estos valores se aglomeraran en la imagen mariana, en su advocación guadalupana, ya que desde los tiempos virreinales la Virgen de Guadalupe sirvió no sólo como ícono religioso -provechoso para la evangelización- sino como verdadera “imagen de la patria” novohispana.

Era común entre los mexicanos de aquella época poner de manifiesto la preferencia que la Virgen había tenido para con Nueva España al hacer su aparición en América; incluso, los criollos y el sentimiento nacionalista original de México estaba ampliamente sujeto a la imagen religiosa que se utilizó para diferenciarse de los europeos y en muchos casos, considerarse superior a ellos por tener no sólo una imagen -el ayate- de la virgen, sino apariciones físicas -dentro de la leyenda, claro está- de la madre de dios: la Virgen de Guadalupe era ya, desde la propia colonia, la bandera del nacionalismo mexicano, tanto criollo como de las castas y las naciones indígenas.

Grito de Dolores

El guadalupanismo, ya dentro del movimiento de emancipación de Miguel Hidalgo y sus seguidores, ejemplificaba algo impensable para los cánones de la época: la identidad de la nación mexicana entre las diversas “sociedades” del virreinato. La bandera nacional era el ícono religioso que todos por igual respetaban, eso sí, por diversos motivos: los criollos veían en Guadalupe el reconocimiento a su condición de “nuevo y especial” mundo al explotar las apariciones marianas como símbolo de su relación con Dios, fuera de la egida española.

Para los mestizos, Guadalupe simbolizaba una virgen mexicana, morena y cercana a sus necesidades; no era una imagen blanca como las españolas. Para los indígenas el culto a la virgen se había nutrido de las tradiciones prehispánicas que -permitidas o no por la iglesia- eran el vínculo sempiterno entre la nueva religión cristiana y su pasado idólatra. De una u otra forma, los mexicanos insurgentes encontraban en la imagen la bandera que simbolizaba sus demandas de libertad y sobre todo, de autodeterminación nacional.

El águila y la serpiente

La leyenda azteca sobre la creación de México-Tenochtitlán ha sido un símbolo de la mexicanidad desde su formación más primigenia: los españoles utilizaron este símbolo para representar al reino de la Nueva España y los insurgentes retomaron su “uso nacional” a modo de rescate del pasado anterior a la llegada de los conquistadores.

La Suprema Junta Nacional Americana o Junta de Zitácuaro, estableció el 19 de agosto de 1811 el empleo del águila mexicana parada sobre un puente de tres entradas, esto eliminando la torre que se empleaba por las autoridades virreinales. Este emblema no se consideraba de uso popular, ya que la Junta buscaba únicamente el empleo oficial y distintivo de un símbolo para su documentación y comunicación entre los bandos insurgentes que reconocían su autoridad.

José María Morelos fue el primero de los insurgentes que empleo el escudo del águila mexica como bandera o pendón. Conocemos esta bandera por los cuadros azules y blancos que rodeaban al águila y que representaban la devoción mariana de los mexicanos. Sin embargo, el uso de la leyenda azteca tenía implicaciones mayores a las meramente representativas del momento.

Los insurgentes, desde Hidalgo a Agustín de Iturbide, veían en el simbólico empleo del águila como bandera de avanzada ideológica para su movimiento. Los mexicanos a la vez que se proclamaban “libres e independientes” jurídicamente de la Monarquía Hispánica, también se abrogaban para sí la nacionalidad indígena de México como forma de reivindicación de sus ideales de emancipación. Para los criollos ilustrados, México no “nacía” como nación, sino que recuperaba la visión de los indios sobre la caída de su nación tras la conquista; esta visión decimónica tenía su origen en el nacionalismo criollo fomentado por la educación jesuita de la Nueva España.

De esta forma, podemos hacer notar un punto primordial que leda significado verdadero a nuestra bandera nacional: más allá de los tres colores y los diferentes cambios que ha sufrido, la razón de su empleo a pesar de ser “monotemática”, representa en sí misma el ideal primordial de todo lábaro patrio: la búsqueda de la identidad y el símbolo iconográfico de la unidad nacional mexicana. A través de su historia y en especial, de las ideas de la libertad criolla, la bandera evolucionó hasta convertirse en la única imagen -civil- que une a México sin miramientos ni condiciones.

APÉNDICE
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POR UN EMPERADOR
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El concepto de la bandera nacional mexicana fue oficialmente reconocido el 2 de noviembre de 1821 por Agustín de Iturbide tras la consumación de la independencia ese mismo año. El primer “lábaro patrio” fue confeccionado por el sastre José Magdaleno Ocampo tras la firma del Plan de Iguala el 24 de febrero de 1821, por órdenes de Iturbide. La bandera de las Tres Garantías tenía como objetivo representar la unidad de la nación en la religión -blanco-, la Independencia -verde- y la adhesión de los españoles al movimiento -rojo-.

En la citada fecha de noviembre, Agustín de Iturbide decretó el orden actual de los colores nacionales y siguiendo el ideal criollo para la legitimación de la lucha con las culturas prehispánicas, sumo al pendón la leyenda azteca de la fundación de México-Tenochtitlán: “el águila, de perfil y con corona imperial, las alas caídas, posada sobre el legendario nopal nahoa”.

Además, el decreto establecía las normas para el empleo de la bandera y escudo de Imperio Mexicano: “que las armas del imperio para toda clase de sellos, sea solamente el nopal nacido de una peña que sale de la laguna, y sobre él parada, en el pie izquierdo, una águila con corona imperial; lo segundo, que el pabellón nacional y banderas del ejército deberán ser tricolores, adoptándose perpetuamente los colores verde, blanco y encarnado en franjas verticales, y dibujándose en la blanca, un águila coronada”.

Posteado por: nefmex | 15 febrero, 2010

Éxodo de los jesuitas

* La expulsión de la Compañía de Jesús en 1767
* El poder más allá de la Corona
* La ideología de la “justa rebelión
* Germen de los movimientos independentistas de América Latina

por Neftalí Hernández
publicado originalmente en La Verdad, Revista Política; 14-02-2010

La llegada al trono español de la Casa de Borbón -originaria de Francia- con Felipe V en 1700 supuso para la Monarquía hispánica un cambio de esquemas y conceptos tendientes a reformar no sólo el gobierno interior sino también la relación con los reinos en América, siendo el principal objetivo la terminación del sistema federado de la Monarquía en uno central, propio de la filosofía borbónica de Luis XIV de Francia, abuelo del nuevo rey español.
Estos cambios supusieron además, un choque social en todos los territorios del imperio ya que los modos y costumbres estaban afianzados y controlados por el gobierno de la dinastía anterior, al grado que las “colonias” en América eran reinos con gran independencia del poder central de la península donde los súbditos participaban activamente en la toma de decisiones de gobierno, emulando con estos a las Cortes tradicionales de los reinos peninsulares.
Además, esta autonomía en América se incrementaba gracias a la colaboración de los propios funcionarios reales llegados de España, que viendo la oportunidad de hacerse de dinero y propiedades, entraban al juego de corrupción y vendimia de cargos y permisos para el comercio entre el Viejo y Nuevo mundo. Para el ideal borbónico del absolutismo ilustrado esto era inaceptable ya que salía de su control, al menos en el papel.
Carlos III (1859-1888), rey de España e Indias, hijo de Felipe V, impulsó agresivamente los cambios tendientes a la modernización de la Monarquía, aún a costa del sentir popular en ambos lados del Atlántico; este rey era un “déspota ilustrado”, lo que se traduce en una máxima parafraseada: “gobernar para el pueblo, pero sin el pueblo”. Consciente de la necesidad modernizar el poder de España para que su lugar como potencia colonial fuera respetado, emprendió reformas para poner fin a las tradiciones y cotos de poder remanentes del tiempo de los Austrias, siendo una de las más importantes recuperar para el Estado el poder ideológico y económico que hasta el momento ostentaba una institución que estaba, en la práctica, más allá de su poder: la Iglesia, personificada esta en la Compañía de Jesús.

Libertad o rebelión

Fundada por San Ignacio de Loyola en el siglo XVI, la  Compañía de Jesús -llamados “jesuitas”-, emprendieron una labor de formación educativa e ideológica en defensa del catolicismo ante el avance de las ideas protestantes, convirtiéndose en soldados al servicio y fidelidad absoluta al Papa, y por ende, gozaban de enorme influencia en asuntos importantes de la Monarquía española, llegando por ejemplo a que el confesor del rey era frecuentemente un miembro de esta orden.
Aunado al tradicional poder que las órdenes religiosas ostentaban en los territorios españoles, los jesuitas tenían preeminencia por sobre todas debido especialmente a su labor educativa, en sus colegios se educaba a las clases altas que llegarían a gobernar a la Monarquía y también a las bajas, que a principios del siglo XIX serán quienes consumarán la independencia de sus naciones.
Entre los preceptos que los jesuitas enseñaban se encuentra el “derecho a la rebelión”: diferente a como se piensa actualmente, la Iglesia Católica reconocía a sus fieles el derecho de ponerse en contra de un gobierno o monarca que atentara contra la ley divina, y esta se definía como el bienestar de los súbditos del rey quien tenía la obligación de velar por su bienestar social, económico y espiritual. De esta forma, los jesuitas propagaban la idea de la emancipación ideológica en caso de que los gobernantes no cumplieran el cometido para el que Dios les había entregado el poder, dado un valor ideológico sustentado en la religión y totalmente legal bajo la visión de aquellos tiempos.
A los preceptos educativos de los jesuitas se sumaban también otros “peligrosos” males que el gobierno de Carlos III definió como los pecados de la Compañía, siendo ellos “decires” y torceduras de la realidad a fin de justificar su próxima expulsión. Se les acusaba de fanatismo guiado por sus líderes religiosos, situación que promovía los ataques en contra de ministros ilustrados del gobierno que compartían la visión centralista de la Monarquía, misma que era incompatible con la independencia de la orden. Los factores económicos también influyeron en los ministros del Rey para nulificar a orden jesuita. En aquellos tiempos era costumbre en la sociedad que grandes riquezas y territorios fueran puestos en manos de la Iglesia para su administración, a fin de buscar la salvación del alma; de esta forma, extenso número de tierras cultivables y cantidades de dinero languidecían en poder de las jesuitas sin que el Estado sacara provecho de ellas.
Las reformas borbónicas pretendían poner fin al gran poder que se le oponía en la figura de una estructura organizada fuera de su influencia y que además poseía grandes recursos económicos con que hacerlo. Tan sólo en España, a mediados del siglo XVIII la Iglesia tenía  150 mil eclesiásticos que componían el 1.5 por ciento de la población total del reino; también ostentaba la titularidad del 15 por ciento de las tierras, 24 por ciento de las rentas agrícolas, 70 de los beneficios por préstamos hipotecarios y 44 por ciento de las rentas de propiedades urbanas: todo esto sin producir ganancias para el Estado.

La expulsión

El 27 de febrero de 1767 se expidio la “Pragmática sanción de su Magestad en fuerza de ley para el estrañamiento de estos Reynos a los Regulares de la Compañía, ocupación de sus Temporalidades, y prohibición de su restablecimiento en tiempo alguno, con las demás prevenciones que expresa”, cuya ejecución correspondió a don Pedro de Abarca de Bolea, décimo conde de Aranda en su papel de presidente del Consejo de Castilla.
La orden tenía propiedades en 118 localidades en la península y en todas la orden real se ejecutó con calma y orden. Los jesuitas fueron informados de la expulsión inmediata del país, a los novicios se les dio a escoger entre seguir en la orden e irse, o abjurar el voto para continuar en la nación. Las escuelas jesuitas no suspendieron sus clases ya que la Corona sustituyo a sus maestros por funcionarios seculares.
En América las cosas no resultaron tan pacíficas: los novohispanos en particular tomaron como ofensa de la Corona la expulsión de sus maestros y se armaron motines en Guanajuato, San Luis Potosi, Pátzcuaro y Uruapan. El visitador general encargado de llevar a cabo la orden, José de Galvez, fue inusitadamente cruel: 85 personas fueron ahorcadas, 73 azotados públicamente; 117 civiles fueron desterrados junto con los 2 mis 600 jesuitas avecindados en Nueva España y 674 personas mandadas a prisión.
La salida de los jesuitas de los territorios españoles fue una decisión pensada y calculada por la Corona a fin de hacerse con el control del reino. Los ministros del Rey consideraban que el poder la Iglesia era una amenaza a sus proyectos de reforma del reino, ya que los perpetuadores del antiguo régimen eran precisamente los maestros y protectores de la sociedad que defendía los viejos fueros: los jesuitas. Cuando se dio la expulsión, ninguna orden religiosa se interpuso a la ley; la Compañía de Jesús no contaba con la simpatía de otros enclaustrados y, particularmente en la Península, sus bienes eran codiciados por religiosos y seculares, por lo que su expulsión fue recibida como una oportunidad de enriquecerse.
Sin embargo, la Corona no previó una consecuencia particular de la expulsión de los religiosos en los territorios ultramarinos. Para los americanos, la decisión puso de manifiesto la falta de interés de los ministros del rey por sus asuntos y sentir; como una ofensa fue vista la pragmática de la corona que ponía fuera del imperio a sus maestros y mentores. Los jesuitas desempeñaron importante papel en la generación de los sentimientos nacionalistas en las colonias americanas, razón por la cual también representaban un peligro para los intereses de orden y centralización de la Corona.
Se considera la expulsión de los jesuitas como una de las muchas causas que llevaron a la independencia de los territorios españoles en América: ideológicamente el golpe para la clase criolla fue muy duro dada la saña con que se realizó el traslado de cientos de maestros, mentores, estudiantes y decanos que habían forjado ya la identidad mexicana en Nueva España. Sin embargo, y contrario a lo que la Corona pensó, alejar a los maestros jesuitas de sus alumnos y colegios no detuvo la enseñanza de tales ideales libertarios, ya que, considerándose más “mexicanos” que “españoles”, los frailes y maestros de la Compañía de Jesús difundieron una imagen más civilizada de los territorios ultramarinos, propagaron por Europa la idea de que América era un territorio igual en importancia política a la propia España y en muchos aspectos, incluso superior a ella.
Mucho estudios, ensayos y libros referentes a las tierras americanas como la “Historia Antigua de México” (1780) de Francisco Xavier Clavijero, no sólo refutaban ideas preconcebidas sobre los novohispanos y los indios, sino que, leídas en la propia América, reforzaron la naciente identidad propia de los criollos, deseos de una ideología que los colocara en la antesala de la independencia.

APÉNDICE
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El motín de Esquilache
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En la primavera de 1766 ocurrió en Madrid una revuelta popular cuyo origen era bastante casual, pero sus implicaciones dieronMotín de Esquilache la pauta para la expulsión de la orden jesuita. Leopoldo de Gregorio, marqués de Esquilache y ministro de Hacienda de Carlos III, promovió diversas medidas para combatir privilegios de la nobleza y del antiguo régimen señorial, al grado de terminar con monopolios de la nobleza en la exportación de granos que no fue bien vista por ellos y que causo encarecimiento y carestía. Aunado a algunos desastres militares y al origen italiano del ministro, el pueblo español se volcó contra él y le culpaba de todos los problemas del país.

A finales de 1765, la Corona emitió una ley bastante singular: prohibía el uso de capas largas y sombreros de ala ancha, y pugnaba por la capa corta y el sombrero de tres picos. Esto se debia no a una imposición caprichosa de gustos, sino a la necesidad de asegurar el orden público en las ciudades: la inseguridad era tal, que debajo de las capas se ocultaban espadas y armas por los bandidos protegidos en su identidad por los sombreros de ala ancha.
Para los españoles, esto era una medida que atentaba contra sus usos y costumbres; además, los encargados de ejecutar la orden abusaron de su autoridad y agarraban sin aviso a la gente para cortar sus capas y sombreros, creando un ambiente de tensión que enfocó sus ánimos en contra del odiado ministro Esquilanche.
Los disturbios por esta medida duraron meses, el pueblo se manifestaban exigiendo la presencia del rey y la destitución del funcionario, mismo que el monarca no aceptaba a conceder dado sus planes de modernización, pero al final, preocupado porque el motín encontró eco en otras poblaciones, decidió acceder. Al realizar las investigaciones del caso, la Corona descubrió la presencia de agitadores y pregoneros de la revuelta entre las filas de la Compañía de Jesús, razón por la cual las pesquisas fueron enfocadas en este particular hecho con otro muy particular objetivo: justificar la ya pensaba terminación de la orden.
Las investigaciones fueron conducidas contra la compañía considerada como agitadora del orden social y pronunciamientos en contra de los ministros del Rey y la autoridad misma de la Corona. Al final, la decisión ya estaba tomada desde tiempo atrás y el motín fue sólo el pretexto público y necesario para justificar la expulsión de la orden

FUERA DE  NUEVA ESPAÑA
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Número de afectados en primera mano por el decreto:

2 mil 600
jesuitas expulsados
117
civiles expulsados
85
ahorcados
73
azotados
674
encarcelados

LOS PECADOS JESUITAS
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El ministro Pedro Rodríguez de Campomanes justificó la terminación de la Compañía de Jesús en España basado en siete “pecados” que cometían:

  • Obediencia ciega a sus superiores
  • Ambición de riquezas personales
  • Defender el derecho rebelión
  • Espíritu de unión universal jesuita
  • Incentivar el miedo al cambio
  • Resistencia a la autoridad real
  • “Alianzas” con poderes externos -el Papa-

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