El Emperador Maximiliano llegó a México el 28 de marzo de 1864, cargando el fardo de unas complicadas relaciones con la Curia en Roma, producto de su poco provechoso encuentro con el Papa Pío IX. Al asentarse en la Ciudad de México, el Emperador pidió al Vaticano le fuera enviado un Nuncio Apostólico lo más pronto posible, ya que esperaba poder negociar con él el asunto de los bienes y derechos de la Iglesia Católica en el Imperio.

Su Majestad, el Emperador Maximiliano de México
¿Qué visión encontró Maximiliano sobre la Iglesia en México? Se sabe que el Emperador era un personaje liberal, que entre sus percepciones se encontraba la libertad de pensamiento y la clara separación entre la Iglesia y el Estado. Así pues, la visión de una nación en donde el clero se comportaba con petulancia y soberbia sobre la mar de las personas no hizo si no reafirmar sus deseos de mejorar la situación de los mexicanos, del Imperio que él había de gobernar.
Sin embargo, pronto el Emperador pudo notar que el panorama no se resolvería con la prontitud necesaria, ya que nuncio que S.S eligió para México, Cardenal Pedro Francisco Meglia, no llegó al país sino hasta el 25 de agosto del mismo año, tiempo en el cual los conservadores “de sepa pura” y los clérigos influyentes del país, como los obispos de México, Michoacán, Oaxaca, Querétaro y Tulancingo, habían ya presionado y esperado soluciones acorde con sus interés, a los que el Emperador tuvo que poner en espera, y por tanto, crear un clima de desconfianza entre la facción “afín” al régimen imperial y el Emperador mismo.
Monseñor Miglia, Nuncio Apostólico de la Santa Sede trajo consigo precisas peticiones por parte del Papa al Emperador de México, a saber:
- Anular todas y cada una de las llamadas Leyes de Reforma
- Que se declarará a la religión católica como la única reconocida en el Imperio, sin tolerancia de alguna otra
- Apoyar en tomo momento con las actividades de los obispos
- Restablecer las órdenes religiosas y monásticas
- Supeditar todos los niveles de enseñanza al control de la Iglesia Católica, y
- Retirar absolutamente cualquier control del Estado a las actividades, finanzas y proceder de la Iglesia
Fácil es imaginar la reacción que esto causó al Emperador: le parecían absurdas e inaplicables en una nación gobernada por él, consabido liberal, las peticiones del nuncio, ya que en su fondo significaba el retroceso y la coadyuvación de la libertad que los tiempos demandaba.

Cardenal Pedro Francisco Meglia, nuncio apostólico
del Papa Pío IX en México, (1864)
Maximiliano se reunión con el nuncio Miglia, y esperando poder hacer una negociación razonable para todos ofreció un concordato, que entre otros puntos, estipulaba
- Declarar a la religión católica como oficial en el Imperio, pero no la única
- Se abriría un juicio de revisión sobre la nacionalización y amortización de propiedad que pudieran a ver sido enajenadas en base ilegalidades, y
- El Estado imperial pagaría los salarios del clero mexicano, siempre y cuando este renunciará a sus alegatos sobre bienes nacionalizados
Ante estas propuestas, la respuesta del nuncio apostólico fue tajante: no se haría negociación alguna, ya que su presencia en México estaba determinada única y exclusivamente a cumplir las ordenes ya expuestas que recibió de Pío IX.
Debido a este fracaso en la negociación, el 23 de diciembre de 1864, Maximiliano aceptó jugarse una última carta, y esta fue concretar una reunión de la Emperatriz Carlota con Monseño Miglia, para intentar llegar a un punto donde todo quedaría perdido: el Consejo del Imperio se había pronunciado a favor de ratificar los preceptos estipulados en las Leyes de Reforma.
La reunión entre Carlota y el nuncio no tuvo éxito, el representante del Vaticano se negó a flexibilizar sus postura y no pronunció una sola palabra para llegar a una concordia con el Imperio, y ante esta situación, la Emperatriz pronunció unas proféticas palabras:
reverencia, suceda lo que suceda me tomaré la libertad de recordarle esta conversación, no somos responsables de las consecuencias, hemos hechos todo para evitar lo que ahora sucederá, pero si la Iglesia no nos quiere ayudar, la serviremos contra su voluntad
Así pues. Lo único que quedaba era abrir la caja de Pandora.
Continuara…
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Biblografía:
Juárez y Maximiliano: La roca y el ensueño; de Armando Fuentes Aguirre.
Editorial Diana 2006, México.
Maximiliano y Carlota, de Egon Caesar Conte Corti.
Fondo de Cultura Económica, México
Tercera Reimpresión, 2003