Posteado por: nefmex | 18 marzo, 2010

Lazos Reales con América

* Hacia la conjuración de 1808
* El Rey, único vínculo de España con el Nuevo Mundo
* Desprestigio de la monarquía, aliciente para la independencia
* Autodeterminación por ley, pero no por los peninsulares

por Neftalí Hernández Zetina
publicado originalmente en La Verdad, Revista Política; 01-03-2010

Las revoluciones independentistas en América Latina se distinguen de su par en las Trece Colonias inglesas por un detalle particular: en esencia fueron guerras civiles, particularmente la mexicana, donde las familias se dividían y enfrentaban buscando el mismo objetivo pero en diferente bando.

El germen de la independencia en la Nueva España se encontraba ya en la mente de los criollos ilustrados de la época, la educación jesuita y la necesidad de identificarse como una parte conformante pero singular de la monarquía había creado suficientes ideales para pensar en una rompimiento mayor pero no radical dentro del mismo imperio. ¿Por qué este singular “pero” dentro del consabido movimiento independiente? La razón es la pertenencia, el sentimiento “nacional” hispánico que al menos en México se considero esencial por todos los actores que participaron en la insurgencia.

Embarco de Fernando VII

Los novohispanos se consideraban así mismos como partes integrantes de una nación mayor a la española e incluso a la mexicana que los jesuitas les inculcaron. En el ideario social y político de la época, la Monarquía Hispánica no era una nación por sí misma, sino un conjunto de naciones donde el único lazo tangible y verdadero era el Rey: la soberanía representada en la figura de la Corona daba cohesión y certidumbre de que la tradicional soberanía de los fueros, reinos y comunidades sería respetada por sobre cualquier ley supranacional que se intentara por parte de ministros o miembros de los consejos.

Ante esto, la figura del monarca era el más sagrado vínculo de unidad con la legalidad y con el concepto de la nacionalidad imperial: todos eran españoles -en Europa y América- por la gracia de tener al mismo Rey… en teoría, ya que las castas e intereses económicos y sociales entre criollos y peninsulares ponían en entredicho lo que por ley se establecía en la monarquía.

La ruptura y oportunidad

Cuando las fuerzas napoleónicas invadieron la Península Ibérica en 1807 con la venia del gobierno español encabezado por Manuel Godoy, ministro y favorito de Carlos IV, la situación política en España y el imperio se encontraba ya muy dañada al grado afectar a la imagen del Rey y por ende, la cohesión de la Monarquía.

El despótico y erróneo gobierno encabezado por Godoy -caracterizado por sus excesos y favoritismos-, había demostrado ser ineficaz para llevar las riendas del país en los caóticos años posteriores a la Revolución Francesa; el mismo rey no ejercía sus funciones y delegaba todo en manos de Godoy. La población imperial en ambos continentes manifestaba su repudio hacia el gobierno de la monarquía y en América, los ministros y virreyes llegados de Europa demostraban su poca valía y corrupción en la gobernación, alimentando el descontento e ideas de autonomía entre los naturales por el trato que daban a los criollos y la avaricia y rapiña con que ejercían sus cargos, la mayor de las veces comprados al poderoso ministro Godoy.

Así, la crisis económica, política, social y militar encontró su escape perfecto cuando se dieron las abdicaciones del rey Carlos IV y su hijo Fernando VII en Bayona, forzados por Napoleón Bonaparte quien impuso a su hermano José en el trono de España: la legitimidad dinástica de la Monarquía Hispánica se cortaba rota de tajo; la familia real renunció a sus derechos para entregarlos a un gobierno extranjero. Este simple hecho ponía en jaque a todo el sistema de gobierno en ambos lados del Atlántico: ¿el Rey estaba faltando a su mandato divino al entregar territorios a extranjeros? La conmoción fue grande, pero más grande fue lo que se produjo después.

En América los criollos buscaban una salida a sus ideales de autodeterminación e independencia política dentro de la monarquía, situación que desde el gobierno de Carlos III estaba amenazada por el centralismo de Madrid. Cuando las noticias de la crisis dinástica lega a Nueva España en 1808, los ilustrados mexicanos rápidamente pusieron en la mesa el tema de la presentación popular: si el rey no está, el pueblo -ellos- recuperan la soberanía del territorio y en nombre del monarca cautivo puede ejercer gobierno en el reino ultramarino.

La Nueva España

Fray Servando Teresa de Mier declaraba desde la misma Madrid antes de los acontecimientos de Bayona, que la única razón “legal” por la que España mantenía los lazos firmes de gobierno sobre los americanos era la figura del Rey, ya que por su forma, gobernancia, actividad y estatus jurídico, eran de de facto un reino independiente dentro de la Monarquía Hispánica, por lo qué a la falta del monarca el lazo “constitucional” que unía a la Nueva España con Europa quedaba cortado y la soberanía que emana del pueblo, regresaba al mismo para determina su futuro como nación.

Esta ideología era la base de los movimientos independentistas que comenzarían a surgir en Nueva España desde 1808. Los americanos no esgrimirán ideales contrarios a la filosofía hispánica e incluso católica, ya que estaban en su derecho de levantarse contra un monarca extranjero y hereje -los Bonaparte- en favor de la tradición que significaba el rey don Fernando: toda la lucha por el autogobierno tuvo en principios a la figura del Rey como factor de control de las masas.

Ilustrados o iletrados, todos los novohispanos tenían la costumbre de la obediencia -como el mismo Bolivar la llamó- a la tradición que se representaba en el monarca. En las primeras etapas de la ideología independentista, los próceres y agitadores ponían en claro que su lucha era contra las desigualdades que propiciaban los españoles en América pero nunca en contra de los derechos del Rey de España, a quien se consideraba el legítimo depositario de la soberanía popular.

Fernando VII, rey de España

Su ausencia en el trono por los extraordinarios acontecimientos en la Península Ibérica no signficaban la rotura total -desde un primer punto de vista- de los lazos culturales con Europa. La falta de un rey ponía en manos de los ciudadanos el gobierno al tiempo que establecía sus juntas, congresos y ayuntamientos bajo su manto legal para poder mantener el orden, ya que por sí mismos, no significarían nada para una sociedad acostumbrada al “ciego” seguimiento de las tradiciones.

De esta forma, la teoría les favorecía pero no así la realidad de su tiempo. Los peninsulares sabían que el método esgrimido por los criollos era real ya que en España se crearon diversas juntas y asambleas gubernativas en ausencia del monarca, sin embargo los españoles no deseaban que tales mesas se crearan en América ya que estas serían la llave para una mayor autonomía de las ahora colonias que, pasada la crisis, no estarían dispuestas a regresar al vasallaje.

APÉNDICE
____________________________________

CATECISMO POLÍTICO IMPERIAL

¿Qué es la nación española?
La reunión de todos los españoles en ambos hemisferios?

¿Qué es el rey?
La pernsona en cuyo nombre se ejecuta todo en el gobierno monárquico?

¿De quién recibe su autoridad?
De la misma nación a quien gobierna?

¿No es el rey soberano?
El rey es un ciudadano como los demás que recibe su autoridad de la nación

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